Opinión

De la violencia simbólica a la violencia feminicida: el papel del Estado

Por: María del Carmen Castro

Redacción Valor

El problema de la violencia contra las mujeres está en boca de todos y todas. Pero tristemente no de igual manera. Digo “tristemente”, ya que a pesar de afectar a toda la sociedad, no solo a las mujeres, las opiniones contra el movimiento amplio de mujeres es criticado vilmente. 

Las redes sociales dan cuenta de ello. Es un problema multidimensional, pero en esta reflexión me referiré en particular a la responsabilidad del Estado, que debe trabajar y vigilar la equidad y la justicia de su población más vulnerable.

Hace casi dos décadas una diputada del Congreso de Sonora, tratando de sensibilizar a sus compañeros varones sobre el problema de la violencia contra las mujeres, les recordó que todos tenían una madre, hija, hermana o esposa y que seguramente no les gustaría que fueran violentadas de ninguna forma.

Cuando la escuché sabía que no lograría su objetivo, incluso que podría estar reproduciendo el discurso machista de que el varón es la cabeza de familia, el protector y propietario de las mujeres de su familia. Dos décadas después, entiendo mejor lo complejo del problema, pero sigo viendo y viviendo las expresiones violentas en el día a día; la situación sigue prácticamente igual, o peor. 

A partir de la declaración de guerra al crimen organizado de un presidente que se creyó todopoderoso, hizo que el Estado fuera rebasado de muchas formas y en este contexto, la violencia contra las mujeres se ha recrudecido.

La corrupción y la impunidad galopantes continúa y representan dos formas estructurales de violencia, que de por sí ya eran ancestrales. Me pregunto si no existiera tal impunidad de los miles y miles de delitos de violencia de género, ¿seguiría su tendencia ascendente como la que vivimos hoy?  La respuesta es No. 

El Estado no ha sido capaz de parar ninguna de las violencias que nos abruman, las mujeres y los niñas somos la población más vulnerable de sufrir alguna agresión y no por cometer un delito, no por provocar a nadie, ni por andar en “malas compañías”, sino solo por ser mujeres; esto invalida el argumento de por qué nos quejamos si mueren más hombres por la violencia (que han asesinado otros hombres).

En México hay registro del número global de delitos contra las mujeres, de manera aproximada; las encuestas nacionales sobre violencia han registrado de manera sistemática estos datos, y otras instancias de Gobierno dan cifras sobre los feminicidios, la violencia extrema y última contra una mujer. La Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos “Todos los Derechos para Todas y Todos” (Red TDT), publicó el Informe “Impunidad feminicida. 

Radiografía de los datos oficiales sobre violencia contra las mujeres (2017-2019)” que da seguimiento detallado en distintas fuentes oficiales de las muertes de mujeres en estos dos años, y reporta los problemas en el manejo, sistematicidad y confiabilidad de los datos recabados. La Red hace ver que este “descuido” es parte de la violencia estructural que existe en México al subestimar el problema; no hacer nada o hacer poco, es un mensaje de violencia simbólica estructural. 

Así como la Red, otras activistas han demostrado la magnitud del problema aportando datos, mismos que se han recabado durante muchos años, me refiero al recién publicado mapa de los feminicidios de Salguero (2019). Pero en este panorama gris no todo es tan sombrío. Estamos frente a nuevas construcciones del feminismo joven, energético y empoderante, a pesar de los esfuerzos del Estado en controlarlo, recibiendo expresiones de repudio social propatriarcales, afectos a las “buenas maneras” que opina que “esas no son las formas” (calladita te ves más bonita), cuando la rabia se desboca ante el casi nulo apoyo del Estado. 

Yo que pertenezco a la generación anterior a ellas, me da esperanza de que la lucha continúe; unamos las voces, las energías y las experiencias.

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